Hay vivencias que no entran en una foto, que no se guardan en una banda ni se apagan cuando termina el espectáculo. Hay experiencias que piden quedarse para siempre, que buscan una forma de habitar el cuerpo y la memoria. La Vendimia es una de ellas. Por eso, Alejandrina Funes y Sofía Perfumo, Reina y Virreina Nacional de la Vendimia, eligieron transformar su historia en un símbolo eterno: un tatuaje que marque para siempre lo que significó representar a Mendoza ante el país.
La decisión no fue impulsiva ni estética. Fue profundamente emocional. Ambas eligieron tatuarse imágenes cargadas de sentido: una corona y una hoja de vid. Dos símbolos que, juntos, resumen el espíritu vendimial. La corona habla del reconocimiento, del momento exacto en el que miles de miradas convergen y la emoción se vuelve colectiva. Es el resultado del esfuerzo, del acompañamiento familiar, del trabajo silencioso y del sueño compartido por cada distrito y cada departamento.
La hoja de vid, en cambio, conecta con la raíz. Con la tierra que alimenta, con el ciclo de la vida, con el trabajo del viñatero y la esperanza que se renueva cada cosecha. Es un símbolo humilde y poderoso a la vez, que recuerda que no hay Vendimia sin tierra ni sin manos que la trabajen. En esa hoja se condensan la historia de Mendoza, su cultura vitivinícola y la identidad de un pueblo que celebra su origen.

El lugar elegido para este ritual íntimo fue el estudio del tatuador mendocino Catriel Barrionuevo, un espacio donde el arte se convierte en relato personal. Allí, entre tinta y silencio, Alejandrina y Sofía compartieron un momento único, cargado de emoción. Cada trazo fue una forma de volver a revivir los aplausos, las lágrimas, los abrazos y la intensidad de un reinado que deja huella.
Alejandrina Funes, como Reina Nacional de la Vendimia, supo representar con elegancia, sensibilidad y compromiso a la provincia. Su figura estuvo marcada por la cercanía con la gente y por una mirada consciente sobre el rol que implica llevar la corona. Tatuarse ese símbolo es, para ella, una forma de agradecer y de recordar que el verdadero valor del reinado no está solo en el brillo, sino en el vínculo con la comunidad y en el orgullo de ser parte de una tradición que atraviesa generaciones.
Sofía Perfumo, Virreina Nacional, encarna el acompañamiento y la fortaleza silenciosa. Su presencia fue sostén y complemento, demostrando que la Vendimia es un trabajo colectivo. La hoja de vid que eligió tatuarse habla de crecimiento, de raíces profundas y de la importancia de cada rol dentro de esta fiesta. Porque no hay corona sin tierra que la sostenga, ni reina sin historia compartida.
Este gesto íntimo también habla de la relación entre ambas: un lazo construido desde el respeto, la empatía y la emoción compartida. La Vendimia no solo las unió en el Frank Romero Day, sino que las convirtió en compañeras de una experiencia irrepetible. El tatuaje es, en ese sentido, un pacto silencioso: un recuerdo que no se borra y que seguirá latiendo con cada paso.

Cuando las luces se apagan y las bandas se guardan, queda lo esencial. Quedan las historias, los aprendizajes y las marcas invisibles. Alejandrina y Sofía eligieron hacer visible esa marca, llevarla en la piel como se lleva el amor por la tierra: con orgullo, con respeto y con emoción.
Porque la Vendimia no termina con una coronación. Continúa en la memoria, en el corazón y, ahora, también en la piel. Y porque hay símbolos que no se caen ni se guardan: se llevan para siempre.
En Mendoza, donde la vid crece abrazada al sol y al esfuerzo humano, la Vendimia florece una y otra vez. Y hay historias que, como el vino, mejoran con el tiempo.






