Una madre es la primera casa que habitamos. Antes de conocer el mundo, ya conocíamos su latido. Antes de saber nuestro nombre, ya sabíamos el sonido de su voz. Y desde ese primer día, sin pedir nada a cambio, empezó a darnos lo que tenía y también lo que no tenía: las horas de sueño, la comida del plato más grande, la última cucharada, el abrigo extra, la paciencia que no sabía que le quedaba.
Las madres tienen un superpoder silencioso: saben. Saben cuando mentimos, cuando estamos mal, cuando algo nos duele aunque digamos “estoy bien”. Saben leernos el alma en un suspiro por teléfono. Nos esperan despiertas, aunque nos digan que no hace falta. Nos defienden aunque no tengamos razón y nos corrigen con amor cuando la necesitamos. Rezan, se preocupan, cocinan, abrazan, aconsejan, sostienen. Y cuando todo se derrumba, son el lugar al que siempre se puede volver.
Hoy, con los años encima, entendemos cosas que de chicos no veíamos. Que ese cansancio que tenía no era mal humor, era amor trabajando doble turno. Que esos “abrigate” y “avisame cuando llegues” eran su manera de decir “te quiero” cuando las palabras no alcanzaban. Que detrás de cada sacrificio había un sueño postergado que nunca nos reprochó. Que ser madre es aprender a querer con el corazón fuera del cuerpo, caminando por el mundo en cada hijo.
Pero también hay que decirlo: ser madre no es solo dar a luz. Hay madres que lo son sin haber parido. Las que adoptan, las que crían, las que acompañan, las que se quedan cuando otros se van. Las tías que son segundas mamás, las abuelas que son refugio, las amigas que sostienen, las que eligieron querer sin que nadie las obligara. El amor de madre no entiende de sangre, entiende de presencia, de entrega y de esa forma tan terca de cuidar.
Y están las que ya no están. Las que hoy nos miran desde algún lugar del cielo y nos acompañan en cada receta que repetimos, en cada frase que nos sale igual que a ellas, en cada vez que nos descubrimos con sus gestos. Para quienes hoy tienen un lugar vacío en la mesa: ese amor no se va, cambia de forma. Se vuelve recuerdo, abrazo invisible, fuerza que nos empuja. Una madre nunca deja de serlo, ni siquiera cuando ya no podemos tocarle la mano.
Por eso este día no debería ser una fecha en el calendario, sino un recordatorio. De llamar más seguido. De decir “gracias” sin esperar una ocasión. De sentarnos a tomar un mate y escuchar las mismas historias una vez más, porque algún día vamos a extrañar hasta las repeticiones. De abrazar fuerte, de perdonar lo que haya que perdonar, de valorar lo que hicieron con lo que tenían.
Gracias, mamá, por cada noche en vela y por cada mañana en que fingiste que no estabas agotada. Por enseñarnos a caminar y por dejarnos ir cuando llegó el momento. Por ser fuerte cuando lloraste a escondidas. Por creer en nosotros incluso cuando nosotros no creíamos.
Feliz Día de la Madre a todas las que aman sin medida: a las que están, a las que se fueron, a las que son madres de sangre y a las que lo son de corazón. El mundo sigue en pie gracias a ustedes.
Con todo el amor que cabe en una palabra: gracias, mamá.





