Florencia Bertotti pisó por primera vez Mendoza el sábado 19 de septiembre, con el Arena Maipú Stadium lleno, a dos días de la primavera y del ritual de las Flores amarillas. Lo primero que dijo luego de su segundo tema fue lo que todos pensábamos “¡Qué emoción, no puedo creer! Por primera vez acá”.


Había gente de toda la provincia y de más lejos. Flor fue preguntando de dónde venían, y aparecieron San Juan, San Martín y San Rafael. Se veían madres, hijas, sobrinas y abuelas cantando juntas. Ella, que asegura leer todo lo que le escriben en Instagram, se emocionó al ver cómo se unían las generaciones.
La pregunta que abrió la noche
Antes de cantar su segundo tema, Flor soltó una pregunta que quedó flotando: “¿Qué nos pasó tantos años después que seguimos agarrados a Floricienta? ¿Que no podemos soltar?”.


¿Qué nos pasó? Nada se fue: solo cambió de tamaño. La infancia dejó de caber en una pantalla y hoy cabe en un estadio. No seguimos agarrados a Floricienta: seguimos agarrados a esa parte de nosotros que sabía creer gracias a ella.


Quizás no se trata de soltar. Hay cosas que no se sueltan porque no pesan: se llevan, como se lleva una flor amarilla en el bolsillo de la infancia. Crecimos, cambiaron las casas y las voces, pero hay canciones que siguen latiendo en el lugar donde alguna vez creímos que todo era posible. Volver a cantarlas no es volver atrás: es comprobar que ese lugar sigue ahí, y que nosotros también.
Nuestro cuento
Antes de arrancar con una de sus canciones preferidas de Floricienta, Flor explicó el por qué y, es justamente la elegida porque cree mucho en lo que dice la letra. “Tenemos en nuestras manos un enorme poder: hacer que nuestro cuento valga la pena”.
Un rato después, entre los carteles del público, hubo uno que le devolvió la frase: “Vos hacés que nuestro cuento valga la pena”. Ese cartel resume la noche. No había artista de un lado y público del otro, había una historia compartida que más de dos generaciones se devolvían.


Lo que Flor dijo desde el escenario, la literatura y la psicología lo vienen diciendo hace décadas. Joan Didion abrió The White Album con una idea que parece escrita para esta noche: nos contamos historias para poder vivir. Y el psicólogo Dan McAdams habla de identidad narrativa: armamos, casi sin notarlo, un relato interno de quiénes somos, y ese relato nos da sentido.
Floricienta, además, es una relectura de Cenicienta, uno de esos cuentos con los que, según Bruno Bettelheim, los niños ordenan sus miedos y sus deseos. Quizás por eso seguimos volviendo: los cuentos que nos dieron de chicos no se fueron, se volvieron el lenguaje con el que aprendimos a contarnos.


Por eso el cartel importa. Cuando el público le devolvió esa frase a Flor, no le estaba agradeciendo solo por las canciones. Le estaba diciendo que su cuento, en algún momento, se cruzó con el nuestro y lo hizo un poco más habitable.
Sufrir un poco, amar mejor
Flor bromeó con que somos la generación que agarra las emociones, las exprime, las llora y recién después las suelta. Contó que Por qué y Enorme dragón no estaban en el repertorio original, pero que las sumó porque el público se lo pidió por Instagram, con “amenazas” incluidas.
Antes de Ay qué lindo, contó que la escribió al comienzo de su amor con su marido. Y dejó una definición que me quedó dando vueltas: “Un buen amor es encontrar un compañero para el camino, para cuidarnos, para potenciarnos”. Nadie es perfecto, dijo, y lo lindo es aprender a acompañarse.
Recordó además que en sus shows la gente terminaba cantando por su cuenta las canciones que faltaban, en la salida, en un McDonald’s o en algún pasillo. Por eso ahora, canta un pedacito de todas en versión acústica.
Fue, quizás, el momento más íntimo de la noche. Con el estadio prendido, la gente le fue pidiendo canciones y Flor se las fue regalando, un pedacito de cada una. Lo que antes ocurría al final del show, ocurrió adentro: el público cantando por su cuenta, y Flor cantando con ellos.
Flores amarillas, un ritual de septiembre
Flores amarillas llegó sobre el final, y con ella llegó septiembre. Hay canciones que suenan y hay canciones que se vuelven fecha. Para mí es más que una canción de infancia. Es la que vuelvo a cantar para acordarme de que hay cosas que no se sueltan.
Cuando empezó Flores amarillas, el estadio floreció. Había coronas, ropa cubierta de flores y ramos de verdad, todo en amarillo, como si el 21 de septiembre se hubiera adelantado dos días. Más que cantarse, la canción se gritó: era la voz de años de espera. Y por un instante el Arena entero fue eso, un sueño que mucha gente esperaba y que, por fin, era real.
En la serie, la protagonista soñaba desde chica con que el amor de su vida la buscara con un ramo de flores amarillas, un símbolo de amor verdadero y esperanza. Esa escena, junto con la canción, quedó grabada en toda una generación. Después, las redes hicieron el resto: TikTok ayudó a que miles de personas recrearan la escena o pidieran recibir flores amarillas en el Día de la Primavera. Hoy, días antes del 21 de septiembre, las florerías reportan más demanda de ramos amarillos.


Regalar flores amarillas ya no es solo recrear una escena. El amarillo se asocia con la energía, el optimismo y la alegría, y un ramo sirve para expresar cariño, amistad o gratitud. Es una manera de decirle a alguien que ilumina la propia vida.
Por eso la canción es algo más: es un ritual heredado. Nadie tiene que explicarnos qué significa un ramo amarillo en septiembre; lo sabemos, como se saben las cosas que aprendimos de chicos. Cada año, cuando el hemisferio sur se llena de primavera, esa canción vuelve a nombrar a quienes queremos.
Brillar, creer, hacerlo real
Luego de presentar a la banda y a sus magníficos bailarines, Flor cantó Las estrellas, un tema que escribió para un programa, justamente “Las Estrellas”. Habló de su mensaje, para ella, todos estamos destinados a brillar, que hay algo lindo esperándonos, pero que hay que salir a buscarlo. “No tenemos que esperar que las cosas pasen”, dijo. “Todos nos merecemos todo”.
Brillar, dicho así, parece cosa de unos pocos. Pero la canción habla de otra clase de estrellas: las que se encienden en una casa, en un aula, en una tarde cualquiera frente a la tele. Saint-Exupéry lo dejó escrito en El principito: “las estrellas son bellas, por una flor que no se ve”. Y no hay mejor postal de esa noche: un estadio entero de estrellas, todas de amarillo, brillando por una flor que hace más de veinte años nos enseñaron a esperar.
La psicología tiene un nombre para lo que Flor pidió desde el escenario. Albert Bandura lo llamó autoeficacia: la convicción de que lo que hacemos puede cambiar el rumbo. Esperar es quedarse quieto; salir a buscar es empezar el camino.
Por eso el mensaje pega tan fuerte cuando lo dice alguien que nos acompañó de chicos. Nos dijo que soñáramos antes de saber qué era la vida adulta, y hoy, ya grandes, nos recuerda que soñar sigue siendo un acto de valentía. Es el mismo mensaje que esa fantasía de infancia nos dejó a tantos: soñar, creer y hacer real nuestro propio cuento.
Cierre
El show lo cerró con All you need is love, y no fue una elección cualquiera.
Esa canción nació para ser cantada por todos a la vez. John Lennon la escribió para Our World, el programa que fue la primera transmisión televisiva global mediante satélites, y la BBC pidió una composición con un mensaje tan sencillo que pudiera entenderse en distintos idiomas y culturas. La transmisión, del 25 de junio de 1967, fue vista por más de 400 millones de personas, en un mundo marcado por la guerra y la contracultura, y la canción inauguró el llamado Verano del Amor.
Eso es lo que la vuelve himno: no habla de nadie en particular, habla de todos. No exige nada, propone algo. Y tiene una virtud que muy pocas canciones consiguen: suena mejor entre muchos que a solas.


Por eso funciona tan bien como final de una despedida. Después de una noche entera hablando de creer, de soñar y de salir a buscar nuestro cuento, Flor nos dejó la respuesta más simple, todo lo que necesitamos es amor y creer.
Salí del Arena con la sensación de haber vivido lo que Flor nos propuso: un cuento que se hizo real, cantado entre miles. Esa fue la noche en que volvimos a creer.





